martes, 2 de julio de 2013

Y voló

¿Cómo escribir cuando no hay nada que decir? ¿Es bueno buscar la inspiración, o debería llegar ella de por sí? Algunas veces creo que no tengo nada dentro, que por más que piense en que podría escribir sobre algún tema en concreto, ninguno me viene a la mente, es como si yo no fuera nadie, como si viviera a la intemperie, balanceándome con el viento o con las olas a la deriva. Un ente que vive simplemente, que no mira más allá.

¿Sin un motivo por el que vivir, se puede llamar a ese acto vivir? ¿O simplemente es algo con vida pero que no vive?  Porque por ejemplo, una zapatilla existe, pero no tiene vida. ¿A que se le llama vivir y a que tener vida? ¿Son sinónimos? Vale, uno puede ser el acto de otro pero ¿eso es al cien por cien así?

¿Hacer algo sin un motivo en concreto tiene sentido? Cuando alguien te obliga a hacerlo, tú tienes un motivo, la obligación, pero el sentido se lo da la otra persona que puede ser cualquier cosa. ¿El motivo y el sentido es lo mismo? Habrá veces que si, otras que no.

Creo que el calor me está afectando demasiado. Este es el motivo por el que he escrito… ¿sentido? No lo busquéis, no lo tiene. Entonces, ¿estoy vivo? Cuando me dé una ducha fresca, os aseguro que sí.


“Si la inspiración no viene a mí salgo a su encuentro, a la mitad del camino.“ 
Sigmund Freud.

lunes, 1 de julio de 2013

Imán de mujer.

Ella le dijo que le cantara al oído, a lo que él respondió que lo haría solo con una condición, que esa noche no se acabara nunca. Tenía mucho que decir, mucho que expresar, quizá no con palabras, sino con miradas. Tenía una mirada dulce, sencilla, de las que enamoran, pero que al mismo tiempo no se pueden aguantar. Entraba hasta lo más profundo de su ser, y en un par de segundos debía de apartarse de su reflejo. Se sentía intimidado por tanta pasión desmedida, por esos ojos negros que le miraban como pidiendo clemencia antes de ser devorados. Ella sabía de su influencia y lo usaba para atraerle más aun. Se sentía querida, él la quería, la quiere y la admira. Ella por su parte, transmitía tanta paz y amor que era imposible que se despegasen el uno del otro. Ella parpadeó, cerró los ojos con esa caída de cortinas que únicamente ella sabía hacer, que enciende la magia y el fuego vibrante de su interior. Los volvió a abrir, y de nuevo lo miró. Ya es de día, pues con sus ojos iluminó toda la habitación. No había cumplido su promesa de que la noche nunca acabara, pero él, se acercó al oído y le cantó.