Ella le dijo que le cantara al oído,
a lo que él respondió que lo haría solo con una condición, que esa noche no se
acabara nunca. Tenía mucho que decir, mucho que expresar, quizá no con
palabras, sino con miradas. Tenía una mirada dulce, sencilla, de las que
enamoran, pero que al mismo tiempo no se pueden aguantar. Entraba hasta lo más
profundo de su ser, y en un par de segundos debía de apartarse de su reflejo.
Se sentía intimidado por tanta pasión desmedida, por esos ojos negros que le
miraban como pidiendo clemencia antes de ser devorados. Ella sabía de su
influencia y lo usaba para atraerle más aun. Se sentía querida, él la quería,
la quiere y la admira. Ella por su parte, transmitía tanta paz y amor que era
imposible que se despegasen el uno del otro. Ella parpadeó, cerró los ojos con
esa caída de cortinas que únicamente ella sabía hacer, que enciende la magia y
el fuego vibrante de su interior. Los volvió a abrir, y de nuevo lo miró. Ya es
de día, pues con sus ojos iluminó toda la habitación. No había cumplido su
promesa de que la noche nunca acabara, pero él, se acercó al oído y le cantó.
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