lunes, 1 de julio de 2013

Imán de mujer.

Ella le dijo que le cantara al oído, a lo que él respondió que lo haría solo con una condición, que esa noche no se acabara nunca. Tenía mucho que decir, mucho que expresar, quizá no con palabras, sino con miradas. Tenía una mirada dulce, sencilla, de las que enamoran, pero que al mismo tiempo no se pueden aguantar. Entraba hasta lo más profundo de su ser, y en un par de segundos debía de apartarse de su reflejo. Se sentía intimidado por tanta pasión desmedida, por esos ojos negros que le miraban como pidiendo clemencia antes de ser devorados. Ella sabía de su influencia y lo usaba para atraerle más aun. Se sentía querida, él la quería, la quiere y la admira. Ella por su parte, transmitía tanta paz y amor que era imposible que se despegasen el uno del otro. Ella parpadeó, cerró los ojos con esa caída de cortinas que únicamente ella sabía hacer, que enciende la magia y el fuego vibrante de su interior. Los volvió a abrir, y de nuevo lo miró. Ya es de día, pues con sus ojos iluminó toda la habitación. No había cumplido su promesa de que la noche nunca acabara, pero él, se acercó al oído y le cantó.

No hay comentarios: